Sobre la concepción del valor. Contestando algunas afirmaciones sobre el tema.

Ernesto Che Guevara
26.Ene.08 :: Ernesto Che Guevara

Publicado en la revista Nuestra Industria Económica, octubre de 1963



En este número de Nuestra Industria, Revista Económica, reproducimos el artículo de Alberto Mora que recientemente publicó la revista Comercio Exterior, editada por el ministerio del ramo, cuyo título es: “En torno a la cuestión del funcionamiento de la ley del valor en la economía cubana en los actuales momentos.”

El artículo comienza diciendo… Algunos compañeros plantean que la ley del valor no funciona actualmente dentro del sector estatal de la economía cubana. Es importante la refutación de los argumentos y también es importante la localización de los imputados. “Algunos”, no tiene nombre y apellido, pero los sujetos a quienes va dirigida la crítica sí los tienen y están personalizados en el Ministro de Industrias, que firma este artículo, y el compañero Luis Álvarez Rom, Ministro de Hacienda, sin considerar los demás que pueden estar imputados por seguir la corriente del Sistema de Financiamiento Presupuestario. Ponemos esto como principio, pues es bueno fijar, no solamente los conceptos, sino también las personas que los sostienen.

Quisiéramos aclarar tres afirmaciones hechas por Mora en sus conclusiones. Opinamos que el tema, y que se ha de discutir, más importante del artículo, no es su disputa contra los que niegan el funcionamiento de la ley del valor, sino la propia definición de valor que él hace, ya que esta no se ajusta a la definición de Marx.

En fin, ¿qué es el valor? A mi juicio, si algún sentido consistente vamos a dar a la categoría valor, no podemos dejar de apreciar que la misma enmarca (o mejor, expresa) una relación. En primer lugar, que es una medida, y como tal, expresa una relación; y en segundo lugar, que es consecuentemente, una categoría creada por el hombre bajo determinadas circunstancias y con determinado fin, enmarcado en el ámbito de las relaciones sociales desarrolladas por él.

Analicemos el párrafo. Unas líneas antes, Alberto Mora afirma: Pero la medida de una cosa no es la cosa en sí, refiriéndose al valor: ahora, en primer lugar, que es una medida y como tal expresa una relación. Esto nos parece contradictorio.

Dice luego: … y en segundo lugar, que es consecuentemente una categoría creada por el hombre bajo determinadas circunstancias y con determinado fin. Esto está en contradicción plena con las ideas de Marx sobre las leyes económicas de la sociedad. Todo su trabajo estuvo dedicado a desentrañar la esencia de los fenómenos bajo su apariencia, demostrando que los diversos fetiches adquiridos por la humanidad sirven solo para disimular su ignorancia. Consideramos que si algo no pudo hacer el hombre, es crear el valor con determinados fines. Las relaciones de producción hicieron surgir el valor, este exige objetivamente y el que lo conozcamos o no, no varía lo real de su existencia ni la espontaneidad de las expresiones capitalistas.

A partir de Marx, se hizo luz en el intrincado mecanismo de las relaciones de producción capitalista, pero su conocimiento apenas modifica la realidad; lo único que puede hacer el hombre es cambiar la sociedad en determinadas condiciones, pero no “inventar” sus leyes.

Más abajo, agrega Mora: Recuérdese que solamente un tipo de trabajo crea valor: el trabajo socialmente necesario. Eso es, la aplicación a la satisfacción de una necesidad socialmente reconocida, de los recursos limitados disponibles. Es pues, precisamente esta relación la que se expresa en la categoría valor; ella es, propiamente, el valor.

Observemos aquí: Mora atribuye a la frase “socialmente necesario” un sentido distinto del que tiene, vale decir que el de ser necesario para la sociedad, cuando en realidad se expresa aquí como la medida del trabajo que la sociedad en su conjunto necesita hacer para producir un valor. Acaba Mora afirmando que la relación entre las necesidades y los recursos es el valor.

Es evidente que si la sociedad no reconoce una necesidad al producto, este no tendrá valor de cambio (de aquí, quizá, el error conceptual de Alberto Mora al referirse al trabajo socialmente necesario) pero no es menos evidente que Marx identifica la idea de valor con la de trabajo abstracto. La búsqueda de la medida del trabajo se identifica con la búsqueda de la medida del valor. Leemos en El Capital lo siguiente: …por tanto, un valor de uso, un bien, solo encierra un valor por encarnación o materialización del trabajo humano abstracto. ¿Cómo se mide la cantidad de este valor? Por la cantidad de sustancia creadora de valor, es decir de trabajo que encierra.

Sucede que sin valor de uso no existe valor, así como no se puede concebir valor de uso sin valor (salvo algunas fuerzas de la naturaleza) por la interrelación dialéctica que existe entre ellos.

Podría acercarse más a la realidad la idea de que la relación necesidad de recursos está implícita en el concepto de valor, lo que parece lógico, ya que esta fórmula puede cambiarse por la de oferta-demanda existente en el mercado y que constituye uno de los eslabones en el funcionamiento de la ley del valor o de la relación valor.

Hasta aquí, la primera objeción a la que damos importancia, por lo peligroso que resultaría esquematizar este problema, hasta llevarlo a una simple enunciación de ley de oferta-demanda.

Pasando al comienzo del primer párrafo del artículo comentado, diremos que no es exacta esta apreciación. Nosotros consideramos el problema del valor en otra forma. Me referiré al artículo publicado en Nuestra Industria, Revista Económica, número uno.(1) Decía allí: Cuando todos los productos actúan de acuerdo con precios que tienen ciertas relaciones entre sí, distinta a la relación de esos productos en el mercado capitalista, se va creando una nueva relación de precios que no tiene parangón con la mundial. ¿Cómo hacer para que los precios coincidan con el valor? ¿Cómo manejar conscientemente el conocimiento de la ley del valor, para lograr un equilibrio del fondo mercantil, por una parte, y el reflejo fiel de los precios, por otra? Este es uno de los problemas más serios planteados a la economía socialista.

Es decir, no está impugnando la vigencia de la ley del valor, se está considerando que esta ley tiene su forma de acción más desarrollada a través del mercado capitalista, y que las variaciones introducidas en el mercado por la socialización de los medios de producción y los aparatos de distribución, conllevan cambios que impiden una inmediata calificación de su acción.

Sostenemos nosotros que la ley del valor es reguladora de las relaciones mercantiles en el ámbito del capitalismo y, por tanto, en la medida en que los mercados sean distorsionados por cualquier causa, asimismo sufrirá ciertas distorsiones la acción de la ley del valor.

La forma y la medida en que esto se produzca no han sido estudiadas con la misma profundidad con que Marx llevó a cabo su estudio sobre el capitalismo. Este y Engels no previeron que la etapa de transición pudiera iniciarse en países económicamente atrasados y, por ende, no estudiaron ni meditaron sobre las características económicas de aquel momento.

Lenin, a pesar de su genialidad, no tuvo el tiempo preciso para dedicar largos estudios -toda la vida que le dedicara Marx- a los problemas económicos de esta etapa de transición, en la cual se conjuga el hecho histórico de una sociedad que sale del capitalismo sin completar su desarrollo de esa etapa (y en la que se conservan restos de feudalismo todavía) con la concentración en manos del pueblo de la propiedad de los medios de producción.

Este es un hecho real cuya posibilidad fue prevista por Lenin en sus estudios sobre el desarrollo desigual del capitalismo, el nacimiento del imperialismo y la teoría del desgajamiento de los eslabones más débiles del sistema en momentos de conmoción social, como son las guerras.

Él mismo probó, con la Revolución rusa y la creación del primer Estado socialista, la factibilidad del hecho, pero no tuvo tiempo de continuar sus investigaciones, ya que se dedicó de lleno a la consolidación del poder, a participar de la revolución, como anunciara en el abrupto final de su libro El Estado y la Revolución. (La suma de los trabajos de Lenin sobre la economía del periodo nos sirve de valiosísima introducción al tema, pero le faltó el desarrollo y la profundización que el tiempo y la experiencia debían darle.)

En sus conclusiones, el compañero Mora afirma categóricamente: En el socialismo la ley del valor sigue operando aunque no es el único criterio regulador de la producción. En el socialismo, la ley del valor opera a través del plan.

Nosotros no estamos tan seguros de eso; suponiendo que se hiciera un plan totalmente armónico en todas sus categorías, hay que suponer que debe tener algún instrumento de análisis que permita su valoración, y ese instrumento no se me ocurre que pueda ser otro que los resultados del mismo. Pero los resultados son la comprobación a posteriori de que todo anda bien o algo anda mal (con respecto a la ley del valor, se entiende, ya que puede haber defectos de otro origen). Tendríamos que empezar a estudiar minuciosamente los puntos flojos para tratar de tomar medidas prácticas, a posteriori nuevamente, y corregir las situaciones por tanteos sucesivos. En todo caso, el equilibrio entre el fondo mercantil y la demanda solvente sería el patrón de control, ya que el análisis de las necesidades no satisfechas no arrojaría ninguna luz, pues, por definición, no existen condiciones para darle al hombre lo que demanda en este periodo.

Suponiendo algo más real: que se deban tomar medidas frente a una situación dada, gastar dinero en la defensa, en la corrección de grandes desproporciones de la producción interna, en inversiones que consuman parte de nuestra capacidad de producir para el consumo, necesarias por su importancia estratégica (no me refiero solo al aspecto militar, sino también económico), se crearán entonces tensiones que habrá que corregir con medidas administrativas, para impedir una carrera de precios y se crearán nuevas relaciones que oscurecerían cada vez más la acción de la ley del valor.

Siempre se pueden calcular efectos; también los capitalistas lo hacen en sus estudios de coyuntura. Pero en el plan habrá un reflejo cada vez más pálido de la ley del valor. Esa es nuestra opinión sobre el tema.

Quisiéramos referirnos también a otra parte del artículo citado, en el cual dice lo siguiente: Cuando algunos compañeros niegan que la ley del valor opera en las relaciones entre empresas dentro del sector estatal, argumentan que todo el sector estatal es una sola propiedad; que las empresas son propiedad de la sociedad. Esto último, desde luego, es cierto. Pero, económicamente, es un criterio incorrecto. La propiedad estatal no es aún la propiedad social plenamente desarrollada, que solamente se alcanzará en el comunismo. Y luego… basta, simplemente, fijarse en las relaciones entre las empresas estatales, cómo surgen contradicciones entre ellas y unas se reclaman a las otras para darse cuenta que actualmente, en Cuba, todo el sector estatal de ninguna manera constituye una sola gran empresa.

Alberto Mora se refiere a algunas conversaciones que hemos tenido, a una intervención personal en la clausura del curso de la Escuela de Administradores, o a un folleto inédito del compañero Álvarez Rom, en el cual se refiere al tema como una aspiración de Lenin. En este último, se considera el tratamiento de las fábricas como talleres de la empresa consolidada y la aspiración, consecuente con el desarrollo de la economía, de llevar todas las relaciones a las mismas que existirán en una gran fábrica única.

Quisiéramos hacer notar que, si bien es cierto que existen contradicciones entre distintas empresas -y no citamos empresas de la economía en general, sino bajo la dirección del Ministerio de Industrias-, es no menos cierto que existen contradicciones entre fábricas de una misma empresa, entre talleres de una fábrica y, a veces, como en el caso de los trabajadores de una brigada en el trabajo normado a tiempo con premio, en el seno mismo de la brigada, que se expresan, en un ejemplo práctico, cuando una brigada se niega a que uno de sus trabajadores deje alguna hora de producción para enseñar a otros compañeros, por el hecho de que así baja la productividad del grupo y, por tanto, los salarios del mismo. Sin embargo, estamos construyendo el socialismo, liquidando la explotación del hombre por el hombre.

En el capitalismo, en talleres de una fábrica, interdependientes unos de otros, ¿no suceden cosas parecidas? ¿Será acaso que ambos sistemas tienen contradicciones de parecido tipo?

Las contradicciones entre los hombres se reflejan constantemente en el sector socialista, pero cuando estos no están tratados por incomprensiones extremas o modos de actuar no revolucionarios, son contradicciones no antagónicas, que se resuelven dentro de los límites que la sociedad pone como marco a sus acciones. Estamos de acuerdo en que el sector estatal no constituye aún, de ninguna manera, una sola gran empresa, por defectos organizativos, por falta de desarrollo de nuestra sociedad, y porque existen dos sistemas de financiamiento. Nosotros nos basábamos, fundamentalmente, para expresar nuestro concepto de una sola empresa, en la definición que da Marx de mercancía: Para ser mercancía, el producto ha de pasar a manos de otro, del que lo consume, por medio de un acto de cambio; y de la acotación de Engels explicando que introduce el concepto de mercancía para evitar el error de los que consideran mercancía todo producto consumido por otro que no sea el propio productor, explicando que las gabelas no son mercancías porque no existe cambio.

Engels da un ejemplo extraído de la sociedad feudal; este concepto de mercancía, con sus correspondientes ejemplos, ¿no puede tener validez en nuestro presente de construcción del socialismo?

Nosotros consideramos que el paso de un taller a otro, o de una empresa a otra en el sistema presupuestario desarrollado, no puede ser considerado como un acto de cambio; simplemente un acto de formación o agregados de nuevos valores mediante el trabajo. Es decir, si mercancía es aquel producto que cambia de propiedad mediante un acto de cambio, al estar dentro de la propiedad estatal todas las fábricas, en el sistema presupuestario, donde no se produce este fenómeno, el producto solamente adquirirá características de mercancía cuando, llegando al mercado, pase a manos del pueblo consumidor.

Nuestra opinión sobre los costos está reflejada en el artículo ya citado, aparecido en esta revista con mi firma; a él remitimos al lector interesado. Con respecto al tamaño de Cuba, aplicando el criterio de Mora, le pudiéramos proponer que dividiera su ministerio en nueve ministerios autónomos, uno por piso, dado por su tamaño exagerado. Si no lo cree así, que pruebe a subir hasta su despacho por la escalera y se convencerá de la verdad del aserto. Si usa el teléfono, el elevador y el intercomunicador, es porque existen para eso; las distancias de Cuba se miden por los medios técnicos de comunicación moderna, no por el tiempo que tardaban nuestros antepasados en trasladarse de un lugar a otro. Hasta aquí las discrepancias.

Queremos dejar constancia de que esta polémica, que se inicia con nuestra réplica, puede tener un valor alto para nuestra formación en la misma medida en que seamos capaces de llevarla con el mayor rigor científico posible y con la mayor ecuanimidad. No rehuimos confrontaciones pero, ya que estamos en el centro de una discusión que alcanza a los niveles superiores del gobierno y el Partido, donde se mantienen dos líneas de pensamiento sobre el sistema de financiamiento, creemos que es importante el cuidado de la forma y del método de discusión.

Saludamos la iniciativa del compañero Mora de salir a la palestra pública con sus impugnaciones, aun cuando siempre es mejor ponerle nombre a las cosas y lo felicitamos, además, por la calidad de la revista del Ministerio de Comercio Exterior, calidad que trataremos de alcanzar con nuestra modesta publicación.

(1) Se trata de Consideraciones sobre los costos de producción como base para el análisis económico de las empresas sujetas a sistema presupuestario.

Fuente: Che Guevara, Ernesto: Obras. 1957-1967, Casa de las Américas, La Habana, 1970.